Por ActionCOACH Andrés Zawadzki / Costa Rica

Han entrado alguna vez a alguna tienda o comercio para comprar algún artículo que necesitan, y el vendedor o persona que lo atiende parece que no quiere vender?

Sin duda alguna, todos nosotros sin excepción, hemos pasado por esta situación, la cual además se repite de manera constante todos los días.  De una manera u otra, esto pasa incluso a través de medios menos personalizados, como el teléfono, correo electrónico, los “chats”, y muchos otros donde nos sentimos que la persona que está del otro lado parece más bien que desean echar al comprador.

En un momento donde las redes sociales y otros medios electrónicos de comunicación se utilizan de manera constante por todos los consumidores, y en donde especialmente las críticas se expanden con velocidad vertiginosa, y afectan la imagen de cualquier comercio, marca o producto, es curioso ver cómo algunos siguen “empujando” sus clientes hasta la puerta de salida.

Es frecuente encontrar personas desinteresadas por los clientes, con pésimas habilidades sociales, que habla sin mirar a la persona que tiene delante, que cree estar en el salón de su casa, que habla con un tono de apatía y sin pudor, y lo peor de todo, que no comprende que así no se cierra una venta.

Los negocios y el comercio deben hacer conciencia que en estos tiempos, incluso la calidad de un bien no es tan importante como la calidad de la entrega del mismo, es decir la calidad de nuestro servicio al cliente.

La acción de vender debe convertirse por lo tanto en un arte, donde se busque cubrir las necesidades de nuestros clientes, que se sientan satisfechos y que realmente se lleven la idea de que están ganando por lo que están pagando.  Es por esto que cualquier negocio no solamente debe cuidar el producto o el servicio que ofrece, su plan de empresa y su imagen, sino que sobre todo debe poner especial atención a quién decide poner al frente para dar el último paso y el más importante: cerrar una venta.

Cada oficio requiere de un cierto grado de profesionalidad, pero en ocasiones, por ahorrar en el sueldo o por simple descuido en el proceso de seleccionar a las personas, se hace una mala inversión.

“La satisfacción del cliente es inútil. La lealtad del cliente no tiene precio”.  Jeffrey Gitomer